lunes, 30 de noviembre de 2009

Memoria





No tomes muy en serio
lo que te dice la memoria.

A lo mejor no hubo esa tarde.
Quizá todo fue autoengaño.
La gran pasión
sólo existió en tu deseo.

Quién te dice que no te está contando ficciones
para alargar la prórroga del fin
y sugerir que todo esto
tuvo al menos algún sentido.

José Emilio Pacheco, ha recibido hoy el Premio Cervantes 2009.

Para mi lo nuestro ya esta terminado




Magnífico Alejandro Fernandez, realmente hay cosas, que no tienen ya vuelta a atras.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Por la Rioja...



Olvidado dormía en mis borradores, el viaje que realicé a la Rioja, aprovechando el puente que tuvimos los madrileños por la festividad de la Almudena.
Aquí os dejo la crónica, antes de que se me acumule con la del próximo puente.


Acompasada por caminos caprichosos, en tierras riojanas, sorprende descubrir Mansilla.



Mansilla es un pueblo que quedó cubierto por el embalse del mismo nombre hace casi 40 años.
De una belleza extraordinaria, su cuidada arquitectura abarcaba todas las edificaciones: casas, iglesias, palacios, y hasta el empedrado.Todo estaba realizado con la misma piedra, dando sensación de armoniosidad y ayudado por la belleza natural del pintoresco paisaje, con ríos y hermosa vegetación.



Tras la guerra civil, Mansilla quedó inundado por las aguas y solo, en los meses de otoño, o cuando la sequía lo permite, resurge fantasmagórico, embarrado pero majestuosos, como una atlántida orgullosa que no se resigna a dormir bajo las aguas.



La siguiente parada fue el Monasterio de Valvanera. Austero y silencioso, ofrece la posibilidad de disfrutar de su silencio y su buena comida casera, donde destacan su menestras de la huerta y los postres caseros.

Meditación y largos paseos, la piedra invita y el arco inspira al alejamiento terrenal.




La Iglesia es oscura y bien conservada, desde lo alto, la imagen de la Patrona de la Rioja: Nuestra Señora de la Valvanera, con un niño en su regazo de curioso escorzo, mira a los feligreses desde su talla de hojas trenzadas.



Por Logroño, estuve solo de paso, para llegar a pasar la noche al mágico pueblo de Enciso.


Enciso es la cuna de la ruta de los dinosaurios, hay muchas opciones a pie o en coche.
Desafortunadamente, el tiempo no acompañó y la lluvia solo permitió dar un paseo por el pueblo y visitar el centro de interpretación.

Las calles de Enciso, parecen un muestrario de pimientos secándose al sol, icono riojano por excelencia, da gusto verlos como cromos, cada uno con un matiz diferente.







El centro de interpretación ofrece una buena colección de material multimedia para acercar al visitante a lo que fue el territorio de estos grandes pobladores.


Por último, el deseo de volver y hacer completos los recorridos, pero desde luego imposible marcharse sin ver esas ictinas, que quedaron marcadas para siempre, en esta tierra riojana.








Todo en ella es insomne




Bien sé cómo es ella, secreta y perversa
como un ángel del bosque, se hunde
en mi sangre, canta en la noche
como un río que corre debajo de las piedras.
Pero lo que invoca, lo que rescata,
está más allá de la piedad de sus besos,
vasto como el sueño, tormentoso
como su cuerpo lascivo.
Lo que se alcanza de sus confesiones
desnuda los deseos, súplicas, un vuelo
hacia cuerpos solares en un cielo mortal.
El viento es tibio en sus cabellos,
en su garganta herida. Todo en ella
es insomne como su latido desdeñoso,
consagrado a las grandes singladuras de Ahab.
Nunca llegará donde la esperas, en una quemadura,
en un altar demente de memorias perdidas
o aves migratorias. Nunca llegará.
Cuando trae la bebida de los náufragos.
Se escurre
entre los grandes secretos de su sueño.

Enrique Molina.

Oleo: Bruno di Maio

viernes, 27 de noviembre de 2009

Fee Verte




Su efecto se puede describir como "una exacerbada claridad de la mente y agudización de los sentidos, acompañado de una notable sensación de bienestar y euforia que hace que el corazón rebose de alegría y la imaginación se excite hasta el límite de la locura".

Fue compañera, sobre todo en los bohemios cafés de Francia, de muchos artistas, poetas, pintores, que buscaban perderse en la magia de este hada verde, capaz de hacerles volar a paraísos efímeros pero intensos, donde no era posible distinguir realidad, sueño y delirio.






Las cinco de la tarde, era la hora elegida y como otras bebidas, seguía un ritual, que empezaba serviéndola en un vaso colocando sobre el una cuchara perforada con un terrón de azucar.Después,lentamente se vertía agua helada a través del colador azucarado, en una proporción de 4 ó 5 medidas de agua por una de hada verde; Así, su color verde intenso se aclaraba con el agua, volviéndose opalino o teñido a veces de reflejos amarillos.




Realmente, no eran solo los 80 grados de alcohol, lo que le otorgaban su peligrosidad, sino la potente combinación de sus dos ingredientes psicoativos o narcóticos: el alcohol etílico y «thujone», una sustancia que se encuentra naturalmente en las artemisas.

Comenzó a prohibirse su uso, la exclusividad de su receta siguió protegida con recelo y su huella quedó en el recuerdo de los cafés, la inspiración de la Literatura y la ensoñación de los cuadros.

Mi recuerdo de hoy, para su majestad "la Absenta".


lunes, 23 de noviembre de 2009

Arco Iris diario




"La novedad atrae la atención y aún el respeto, pero la costumbre lo hace desaparecer pronto; apenas nos dignaríamos a mirar el arco iris si éste permaneciese por mucho tiempo en el horizonte".


Berthold Auerbach.


Foto: Haleh Bryan

viernes, 20 de noviembre de 2009

martirio me da un cristiano.




En mis largos paseos por la copla, pocas me han impactado tanto como esta historia, que por primera vez, en una excelente versión de Concha Piquer.
"Vengo a entregarme" en versión de Marife de Triana, es la que os dejo esta tarde de viernes.

Como viene siendo habitual en este género, la historia aquí narrada tiene su principio y su final, y es como otras muchas, una historia de amor.
Quizá la diferencia, con otras coplas, es que esta empieza casi por el desenlace.

Y es que, si en la primera estrofa, una advertencia con carácter de suplica, es presentada al Señor Sargento Ramirez con matices casi premonitorios, en la segunda parte de la copla, ya anuncia un final vaticinado.

No deja de sorprenderme ese matiz loco que tiene la pasión amorosa, que cae tantas veces en la mas absoluta de las contradiciones y que puede resumir, esta trágica historia, en este par de frases:

"Yo misma te dao la muerte, pero me falta serrano, valor, para aborrecerte."



Póngame usted las esposas, señor sargento Ramírez
póngame usted los grilletes, que será mejor así
que estoy pensando una muerte y no quiero cometerla,
que tengo un hijo y no quiero que se avergüence de mí.

Aunque no hallara motivo diga usted que soy ladrona,
que ando por malos caminos, que ofendí su autoridad
pero póngame usted presa, señor sargento Ramírez,
que mis manos no responden si sigo con libertad.


Carretera adelante yo prefiero ir
a seguirlo viéndolo con esa persona.
El agua y al aire me ha quitado a mí.

Señor sargento Ramírez martirio me da un cristiano
y yo no quiero tomarme la justicia por mi mano

Yo te he sentenciado a muerte
pero me falta, serrano,
valor para aborrecerte.


Aquí tiene usted mis manos señor sargento Ramírez
póngame usted los grilletes, cumpla usted con su deber
Si usted me hubiera escuchado cuando yo vine a entregarme
no hubiera hecho la muerte que acabo de cometer.

Entre los juncos del río los dos se estaban besando
y una sombra blanquecía se apareció entre los dos
Con un cuchillo de luna corté la flor de un te quiero,
los corales de su sangre el ala se los llevó.


Sargento Ramírez por amor de dios
que a mi criatura, por lo que mas quiera,
no le diga nadie lo que hice yo.

Señor sargento Ramírez martirio me dio un cristiano
y he tenido que tomarme la justicia por mi mano.


Yo misma te he dado la muerte
pero me falta, serrano,
valor para aborrecerte.


Oleo: Andrew Atroshenko.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

La hija de las montañas.






Dicen que andaba el dios Siva meditabundo y afligido, con la pérdida de su amor Sati;
Estaba lo suficientemente abatido como para reparar en la belleza de la doncella Parvati; la hija de las montañas.

Andaban los dioses sumamente preocupados, por el demonio Taraka, y solo un poderoso hijo de Siva y una nueva compañera, podría devolverles la calma.

Fue entonces cuando se decidieron a lanzar flechas del amor a Siva, para que se enamorase de Parvati.El encargado fue Kama, el dios del amor, que fue fulminado por el mismo dios Siva, por entrometerse, acabando asi, con el plan de seducción.

Parvati, loca de amor, se entristeció al ver que ni con su hermosura era capaz de seducir al gran dios, por lo que decidió probar convirtiendo su vida en un calvario de privación y sacrificio, huyendo de las tentaciones y dedicándose a la meditación, con el fin de lograr la admiración y el amor de su adorado.

Fue así como la encontró un día un sacerdote, que la preguntó como mortificaba tanto su hermoso cuerpo, por alguien que no lo merecía, que solo era un eremita lleno de defectos y manías.

Pero Parvati, no cesó de defender a su amado, hasta tal punto que huyó del sacerdote que la increpaba hablándole mal de Siva.

Justo en ese momento, el sacerdote, se transformó en Siva, que le confesó sentirse conmovido por tanto amor, por tal devoción y pidió su mano sin tardanza.

Al poco tiempo, nacería de la unión, Ganesh, poderoso heredero con cabeza de elefante, capaz de enfrentarse contra Taraka.




Soldaditos





Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, hermanos todos, ya que los habían fundido en la misma vieja cuchara. Fusil al hombro y la mirada al frente, así era como estaban, con sus espléndidas guerreras rojas y sus pantalones azules. Lo primero que oyeron en su vida, cuando se levantó la tapa de la caja en que venían, fue: "¡Soldaditos de plomo!" Había sido un niño pequeño quien gritó esto, batiendo palmas, pues eran su regalo de cumpleaños. Enseguida los puso en fila sobre la mesa.
Cada soldadito era la viva imagen de los otros, con excepción de uno que mostraba una pequeña diferencia. Tenía una sola pierna, pues al fundirlos, había sido el último y el plomo no alcanzó para terminarlo. Así y todo, allí estaba él, tan firme sobre su única pierna como los otros sobre las dos. Y es de este soldadito de quien vamos a contar la historia.

En la mesa donde el niño los acababa de alinear había otros muchos juguetes, pero el que más interés despertaba era un espléndido castillo de papel. Por sus diminutas ventanas podían verse los salones que tenía en su interior. Al frente había unos arbolitos que rodeaban un pequeño espejo. Este espejo hacía las veces de lago, en el que se reflejaban, nadando, unos blancos cisnes de cera. El conjunto resultaba muy hermoso, pero lo más bonito de todo era una damisela que estaba de pie a la puerta del castillo. Ella también estaba hecha de papel, vestida con un vestido de clara y vaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manera de banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara. La damisela tenía los dos brazos en alto, pues han de saber ustedes que era bailarina, y había alzado tanto una de sus piernas que el soldadito de plomo no podía ver dónde estaba, y creyó que, como él, sólo tenía una.

“Ésta es la mujer que me conviene para esposa”, se dijo. “¡Pero qué fina es; si hasta vive en un castillo! Yo, en cambio, sólo tengo una caja de cartón en la que ya habitamos veinticinco: no es un lugar propio para ella. De todos modos, pase lo que pase trataré de conocerla.”

Y se acostó cuan largo era detrás de una caja de tabaco que estaba sobre la mesa. Desde allí podía mirar a la elegante damisela, que seguía parada sobre una sola pierna sin perder el equilibrio.

Ya avanzada la noche, a los otros soldaditos de plomo los recogieron en su caja y toda la gente de la casa se fue a dormir. A esa hora, los juguetes comenzaron sus juegos, recibiendo visitas, peleándose y bailando. Los soldaditos de plomo, que también querían participar de aquel alboroto, se esforzaron ruidosamente dentro de su caja, pero no consiguieron levantar la tapa. Los cascanueces daban saltos mortales, y la tiza se divertía escribiendo bromas en la pizarra. Tanto ruido hicieron los juguetes, que el canario se despertó y contribuyó al escándalo con unos trinos en verso. Los únicos que ni pestañearon siquiera fueron el soldadito de plomo y la bailarina. Ella permanecía erguida sobre la punta del pie, con los dos brazos al aire; él no estaba menos firme sobre su única pierna, y sin apartar un solo instante de ella sus ojos.

De pronto el reloj dio las doce campanadas de la medianoche y -¡crac!- se abrió la tapa de la caja de rapé... Mas, ¿creen ustedes que contenía tabaco? No, lo que allí había era un duende negro, algo así como un muñeco de resorte.




-¡Soldadito de plomo! -gritó el duende-. ¿Quieres hacerme el favor de no mirar más a la bailarina?

Pero el soldadito se hizo el sordo.

-Está bien, espera a mañana y verás -dijo el duende negro.

Al otro día, cuando los niños se levantaron, alguien puso al soldadito de plomo en la ventana; y ya fuese obra del duende o de la corriente de aire, la ventana se abrió de repente y el soldadito se precipitó de cabeza desde el tercer piso. Fue una caída terrible. Quedó con su única pierna en alto, descansando sobre el casco y con la bayoneta clavada entre dos adoquines de la calle.

La sirvienta y el niño bajaron apresuradamente a buscarlo; pero aun cuando faltó poco para que lo aplastasen, no pudieron encontrarlo. Si el soldadito hubiera gritado: "¡Aquí estoy!", lo habrían visto. Pero él creyó que no estaba bien dar gritos, porque vestía uniforme militar.




Luego empezó a llover, cada vez más y más fuerte, hasta que la lluvia se convirtió en un aguacero torrencial. Cuando escampó, pasaron dos muchachos por la calle.

-¡Qué suerte! -exclamó uno-. ¡Aquí hay un soldadito de plomo! Vamos a hacerlo navegar.

Y construyendo un barco con un periódico, colocaron al soldadito en el centro, y allá se fue por el agua de la cuneta abajo, mientras los dos muchachos corrían a su lado dando palmadas. ¡Santo cielo, cómo se arremolinaban las olas en la cuneta y qué corriente tan fuerte había! Bueno, después de todo ya le había caído un buen remojón. El barquito de papel saltaba arriba y abajo y, a veces, giraba con tanta rapidez que el soldadito sentía vértigos. Pero continuaba firme y sin mover un músculo, mirando hacia adelante, siempre con el fusil al hombro.


De buenas a primeras el barquichuelo se adentró por una ancha alcantarilla, tan oscura como su propia caja de cartón.

"Me gustaría saber adónde iré a parar”, pensó. “Apostaría a que el duende tiene la culpa. Si al menos la pequeña bailarina estuviera aquí en el bote conmigo, no me importaría que esto fuese dos veces más oscuro."

Precisamente en ese momento apareció una enorme rata que vivía en el túnel de la alcantarilla.

-¿Dónde está tu pasaporte? -preguntó la rata-. ¡A ver, enséñame tu pasaporte!

Pero el soldadito de plomo no respondió una palabra, sino que apretó su fusil con más fuerza que nunca. El barco se precipitó adelante, perseguido de cerca por la rata. ¡Ah! Había que ver cómo rechinaba los dientes y cómo les gritaba a las estaquitas y pajas que pasaban por allí.

-¡Deténgalo! ¡Deténgalo! ¡No ha pagado el peaje! ¡No ha enseñado el pasaporte!

La corriente se hacía más fuerte y más fuerte y el soldadito de plomo podía ya percibir la luz del día allá, en el sitio donde acababa el túnel. Pero a la vez escuchó un sonido atronador, capaz de desanimar al más valiente de los hombres. ¡Imagínense ustedes! Justamente donde terminaba la alcantarilla, el agua se precipitaba en un inmenso canal. Aquello era tan peligroso para el soldadito de plomo como para nosotros el arriesgarnos en un bote por una gigantesca catarata.

Por entonces estaba ya tan cerca, que no logró detenerse, y el barco se abalanzó al canal. El pobre soldadito de plomo se mantuvo tan derecho como pudo; nadie diría nunca de él que había pestañeado siquiera. El barco dio dos o tres vueltas y se llenó de agua hasta los bordes; se hallaba a punto de zozobrar. El soldadito tenía ya el agua al cuello; el barquito se hundía más y más; el papel, de tan empapado, comenzaba a deshacerse. El agua se iba cerrando sobre la cabeza del soldadito de plomo… Y éste pensó en la linda bailarina, a la que no vería más, y una antigua canción resonó en sus oídos:

¡Adelante, guerrero valiente!
¡Adelante, te aguarda la muerte!

En ese momento el papel acabó de deshacerse en pedazos y el soldadito se hundió, sólo para que al instante un gran pez se lo tragara. ¡Oh, y qué oscuridad había allí dentro! Era peor aún que el túnel, y terriblemente incómodo por lo estrecho. Pero el soldadito de plomo se mantuvo firme, siempre con su fusil al hombro, aunque estaba tendido cuan largo era.

Súbitamente el pez se agitó, haciendo las más extrañas contorsiones y dando unas vueltas terribles. Por fin quedó inmóvil. Al poco rato, un haz de luz que parecía un relámpago lo atravesó todo; brilló de nuevo la luz del día y se oyó que alguien gritaba:

-¡Un soldadito de plomo!

El pez había sido pescado, llevado al mercado y vendido, y se encontraba ahora en la cocina, donde la sirvienta lo había abierto con un cuchillo. Cogió con dos dedos al soldadito por la cintura y lo condujo a la sala, donde todo el mundo quería ver a aquel hombre extraordinario que se dedicaba a viajar dentro de un pez. Pero el soldadito no le daba la menor importancia a todo aquello.

Lo colocaron sobre la mesa y allí… en fin, ¡cuántas cosas maravillosas pueden ocurrir en esta vida! El soldadito de plomo se encontró en el mismo salón donde había estado antes. Allí estaban todos: los mismos niños, los mismos juguetes sobre la mesa y el mismo hermoso castillo con la linda y pequeña bailarina, que permanecía aún sobre una sola pierna y mantenía la otra extendida, muy alto, en los aires, pues ella había sido tan firme como él. Esto conmovió tanto al soldadito, que estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero no lo hizo porque no habría estado bien que un soldado llorase. La contempló y ella le devolvió la mirada; pero ninguno dijo una palabra.



De pronto, uno de los niños agarró al soldadito de plomo y lo arrojó de cabeza a la chimenea. No tuvo motivo alguno para hacerlo; era, por supuesto, aquel muñeco de resorte el que lo había movido a ello.

El soldadito se halló en medio de intensos resplandores. Sintió un calor terrible, aunque no supo si era a causa del fuego o del amor. Había perdido todos sus brillantes colores, sin que nadie pudiese afirmar si a consecuencia del viaje o de sus sufrimientos. Miró a la bailarina, lo miró ella, y el soldadito sintió que se derretía, pero continuó impávido con su fusil al hombro. Se abrió una puerta y la corriente de aire se apoderó de la bailarina, que voló como una sílfide hasta la chimenea y fue a caer junto al soldadito de plomo, donde ardió en una repentina llamarada y desapareció. Poco después el soldadito se acabó de derretir. Cuando a la mañana siguiente la sirvienta removió las cenizas lo encontró en forma de un pequeño corazón de plomo; pero de la bailarina no había quedado sino su lentejuela, y ésta era ahora negra como el carbón.

FIN

El soldadito de plomo.Hans Christian Andersen.[Cuento. Texto completo]

lunes, 16 de noviembre de 2009

Mea culpa



Fueron tantos sueños
los que maté
por ti

Fueron tantos los besos
que rechacé
por ti

Fueron tantas horas
muriendo de amor,
por ti

Sin darme cuenta
que no eras para mí...

Fueron tus palabras
las que cegaron mi luz,
fueron tus caricias
como clavos en mi cruz

Fueron tus cartas
un puñado de papel,
sin darme cuenta
me arrancaste hasta la piel

Mía, la culpa ha sido mía,
creyendo que algún día
serías tan solo para mí.

Mía, la culpa ha sido mía,
que lenta es mi agonía
vacía de esperanza para mí.

Tanto amor, tanto amor,
me mata y me da vida a la vez
tanto amor, tanto amor,
que ya no sé que hacer...

Fueron tus sonrisas
como un regalo de dios,
y tu mundo loco
la locura de los dos

Fueron tus alas
las que hicieron volar
sin darme cuenta
te fui amando más, más...





Buen momento para recordar a Camilo, liberada de mi fatidica gripe A, que me ha tenido un poco alejada de todo, retomo mi actividad con esta imagen que me traje del Monasterio de Valvanera (La Rioja), pura poesia en rojo y gris.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Barna B/N



Joan Colom, fotógrafo barcelonés, se dedicó durante un tiempo a pasear por el barrio chino de Barcelona, hoy llamado Raval.

Allí, fue el recopilador de escenas, imágenes y series que han quedado para la posteridad en sus fotografías.
Tomadas, desde los años 60, hombres,mujeres y niños se muestran con humanidad y realismo, sobre las calles adoquinadas de una Barcelona en Blanco y Negro.

En el año 2004, se realizó una interesante exposición de la que os dejo esta
reseña.

Colom llegó a decir del barrio de Raval: "Es el único lugar de Barcelona donde veo al Hombre”.








miércoles, 4 de noviembre de 2009

Postales rubias














...deliciosas criaturas perfumadas
¡quiero el beso de sus boquitas pintadas!.
Fragiles muñecas del olvido y el placer
Rien su alegria como un cascabel.