viernes, 11 de mayo de 2018

"Hay que seguir en la procesión hasta el final"



Hace muchos años había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus soldados, ni le atraía el teatro, ni le gustaba pasear en coche por el bosque, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey que se encuentra en el Consejo, de él se decía siempre:

-El Emperador está en el ropero.

La gran ciudad en que vivía estaba llena de entretenimientos y era visitada a diario por numerosos turistas. Un día se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las telas más maravillosas que pudiera imaginarse. No sólo los colores y los dibujos eran de una insólita belleza, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de convertirse en invisibles para todos aquellos que no fuesen merecedores de su cargo o que fueran irremediablemente estúpidos.

-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los llevase, podría averiguar qué funcionarios del reino son indignos del cargo que desempeñan. Podría distinguir a los listos de los tontos. Sí debo encargar inmediatamente que me hagan un traje.

Y entregó mucho dinero a los estafadores para que comenzasen su trabajo.

Instalaron dos telares y simularon que trabajaban en ellos; aunque estaba totalmente vacíos. Con toda urgencia, exigieron las sedas más finas y el hilo de oro de la mejor calidad. Guardaron en sus alforjas todo esto y trabajaron en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.

«Me gustaría saber lo que ha avanzado con la tela», pensaba el Emperador, pero se encontraba un poco confuso en su interior al pensar que el que fuese tonto o indigno de su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que tuviera dudas sobre sí mismo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para ver cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban deseosos de ver lo tonto o inútil que era su vecino.

«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un hombre honrado y el más indicado para ver si el trabajo progresa, pues tiene buen juicio, y no hay quien desempeñe el cargo como él».

El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos pícaros, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos.

«¡Dios me guarde! -pensó el viejo ministro, abriendo unos ojos como platos-. ¡Pero si no veo nada!». Pero tuvo buen cuidado en no decirlo.

Los dos estafadores le pidieron que se acercase y le preguntaron si no encontraba preciosos el color y el dibujo. Al decirlo, le señalaban el telar vacío, y el pobre ministro seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había.

«¡Dios mio! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No debo decir a nadie que no he visto la tela».

-¿Qué? ¿No decís nada del tejido? -preguntó uno de los pillos. -¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué dibujos y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.

-Cuánto nos complace -dijeron los tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo ministro tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.




Los estafadores volvieron a pedir más dinero, más seda y más oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Lo almacenaron todo en sus alforjas, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en el telar vacío.

Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado del tejido y a informarse de si el traje quedaría pronto listo. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y remiró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.

-Precioso tejido, ¿verdad? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.

«Yo no soy tonto -pensó el funcionario-, luego, ¿será mi alto cargo el que no me merezco? ¡Qué cosa más extraña! Pero, es preciso que nadie se dé cuenta».

Así es que elogió la tela que no veía, y les expresó su satisfacción por aquellos hermosos colores y aquel precioso dibujo.

-¡Es digno de admiración! -informó al Emperador.

Todos hablaban en la ciudad de la espléndida tela, tanto que, el mismo Emperador quiso verla antes de que la sacasen del telar.

Seguido de una multitud de personajes distinguidos, entre los cuales figuraban los dos viejos y buenos funcionarios que habían ido antes, se encaminó a la sala donde se encontraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo afanosamente, aunque sin hebra de hilo.

-¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados funcionarios-. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos -, y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían perfectamente la tela.

«¿Qué es esto? -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tonto? ¿O es que no merezco ser emperador? ¡Resultaría espantoso que fuese así!».

-¡Oh, es bellísima! -dijo en voz alta-. Tiene mi real aprobación-. Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío, sin decir ni una palabra de que no veía nada.

Todos el séquito miraba y remiraba, pero ninguno veía absolutamente nada; no obstante, exclamaban, como el Emperador:

-¡Oh, es bellísima!-, y le aconsejaron que se hiciese un traje con esa tela nueva y maravillosa, para estrenarlo en la procesión que debía celebrarse próximamente. -¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todos estaban entusiasmados con ella.

El Emperador concedió a cada uno de los dos bribones una Cruz de Caballero para que las llevaran en el ojal, y los nombró Caballeros Tejedores.

Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con más de dieciséis lámparas encendidas. La gente pudo ver que trabajaban activamente en la confección del nuevo traje del Emperador. Simularon quitar la tela del telar, cortaron el aire con grandes tijeras y cosieron con agujas sin hebra de hilo; hasta que al fin, gritaron: -¡Mirad, el traje está listo!

Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros más distinguidos, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:

-¡Estos son los pantalones! ¡La casaca! ¡El manto! ...Y así fueron nombrando todas las piezas del traje. Las prendas son ligeras como si fuesen una tela de araña. Se diría que no lleva nada en el cuerpo, pero esto es precisamente lo bueno de la tela.

-¡En efecto! -asintieron todos los cortesanos, sin ver nada, porque no había nada .

-¿Quiere dignarse Vuestra Majestad a quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones-, para que podamos probarle los nuevos vestidos ante el gran espejo?

El Emperador se despojó de todas sus prendas, y los pícaros simularon entregarle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Luego hicieron como si atasen algo a la cintura del Emperador: era la cola; y el Monarca se movía y contoneaba ante el espejo.

-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaron todos-. ¡Qué dibujos! ¡Qué colores! ¡Es un traje precioso!

-El palio para la procesión os espera ya en la calle, Majestad -anunció el maestro de ceremonias.

-¡Sí, estoy preparado! -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? -y de nuevo se miró al espejo, haciendo como si estuviera contemplando sus vestidos.

Los chambelanes encargados de llevar la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y siguieron con las manos en alto como si estuvieran sosteniendo algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada.

Y de este modo marchó el Emperador en la procesión bajo el espléndido palio, mientras que todas las gentes, en la calle y en las ventanas, decían:

-¡Qué precioso es el nuevo traje del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué bien le sienta! -nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que no veían nada, porque eso hubiera significado que eran indignos de su cargo o que eran tontos de remate. Ningún traje del Emperador había tenido tanto éxito como aquél.

-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.

-¡Dios mio, escuchad la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo empezó a cuchichear sobre lo que acababa de decir el pequeño.

-¡Pero si no lleva nada puesto! ¡Es un niño el que dice que no lleva nada puesto!

-¡No lleva traje! -gritó, al fin, todo el pueblo.

Aquello inquietó al Emperador, porque pensaba que el pueblo tenía razón; pero se dijo:

-Hay que seguir en la procesión hasta el final.

Y se irguió aún con mayor arrogancia que antes; y los chambelanes continuaron portando la inexistente cola.


El traje nuevo del Emperador.
Hans Christian Andersen (Odense, 1805 - Copenhague, 1875)

martes, 8 de mayo de 2018

Tormenta inacabable.





Es inutil.

Para qué resistirse?

Para qué cubrirse con el manto de la dignidad?

Para que meditar noches en vela, qué su amor no va a ningún lado.?

Si luego...

él con una frase, 

lo derrumba todo:

voluntad, orgullo y firmeza.
 

Como arrasa un huracán una amapola,

solo basta una palabra suya,

para caer de nuevo en el abismo

de su celda de besos 

y caricias.

Tormenta inacabable,

que arrastra eternamente

mi destino.


Aprendiz de Primavera.
Mi vida por tí.

jueves, 24 de agosto de 2017

El ojo de Aitzulo.


Este verano he vuelto a tierras gipuzkoanas, me gusta su relieve ondulante, esa maravillosa armonía entre el cielo azul y las suaves praderas verdes, ese olor a tantas especies aromáticas y la experiencia siempre maravillosa de realizar una ruta por sus tierras.

Ya había estado en la zona, parque natural Aizkorri-Aratz pero había descubierto por la red, que en Oñati, y más concretamente en Araotz, había un lugar maravilloso digno de ver: El ojo de Aitzulo.
Desde la carretera que sube al santuario de Arantzazu, se puede ver en la impresionante pared, para llegar a él, hay que hacerlo desde el otro lado, una ruta fácil, aunque como siempre, tuve mis salidas de mapa y desvìos, pero que conseguimos felizmente alcanzar.



Hay numerosas rutas para llegar al ojo de Aitzulo, comenzamos llegando a Araotz, un barrio de Oñati, que a su vez, tiene numerosos barrios con pequeños caseríos.
Araotz es un lugar lleno de misterio, silencioso, cuna del famoso Lope de Aguirre.




Allí dejamos el coche junto a la iglesia de San Miguel, y no muy seguros de la ruta, tomamos un camino, que no conducía al ojo, al llegar a unos caseríos, un amable vecino nos sacó del error.
Aún así, la ruta era muy hermosa, un ascenso con unas vistas de Araotz y sus diseminadas construcciones.
El paseo fallido, fue de 2,9 km ida y vuelta al punto de partida, 1h 20m con un desnivel de 156 m.



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Ya con la ruta bien definida, partimos al barrio de Zubia, desde allí, llegamos sin dificultad a nuestro destino, 



Aunque ya el calor apretaba y se notaba el esfuerzo de la primera subida, fue un paseo agradable, quizá con la ilusión de llegar cuanto antes a ver ese fantástico lugar, que tanto había admirado en las fotos que buscaba en internet, quería saber si era tan maravilloso como se veía y no me defraudó.
Subiendo encontramos un cercado con curiosas construcciones a modo de esculturas.

Se atravesó un pinar y se llegó a una chabola de pastores, quedaba poco, y el terreno se puso algo pedregoso, era como ir buscando un tesoro... hasta esperar que se abriera a nuestros ojos.
















Y al fin se abrió, un escenario natural espectacular, al fondo: el abismo vertical que mostraba la carretera a Arantzazu, quise bajar hasta él, pero la prudencia me dió un aviso.
Las imágenes hablan por si solas.
















En el mismo escenario: parada técnica para reponer fuerzas.


Ahora quedaba lo más complicado, no tenía muy clara la ruta de vuelta y no queríamos desandar el camino, así que optamos por la ruta de subida que lleva al monte Orkatzategi, aunque no teníamos intención de subir a la cima.
Salimos por una especie de brecha de la tremenda masa caliza, y empezamos el ascenso.



Fue un ascenso muy dificultoso, con mucho sol, a unas horas muy inapropiadas para subir, serían las 15:00 de la tarde y la subida iba siendo cada vez más costosa.







Mi app de wikiloc guardó ruta solo hasta el embalse de Aizgain.

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Allí empezó el problema, el cansancio nos pudo y no continuamos, un poco más arriba donde se supone que seguía la ruta circular para devolvernos a Araotz, así que vimos un camino que bajaba, y como lo lógico era bajar, nos aventuramos sin saber donde nos llevaría.
En la bajada encontramos de todo, una vieja cabaña de caza, terrenos de muchas piedras, hasta que un grupo de caseríos, en Urrutia no salvó la vida!

El problema no era el calor propio de esas horas y del día que nos hizo para ser el norte, era que nos habíamos quedado sin agua! Encontrar una fuente con agua fresquísima fue como llegar a un pequeño oasis.




Ya repuestos, pudimos regresar a Araotz, al barrio! por lo que tuvimos que subir de nuevo un buen trecho hasta la iglesia donde estaba aparcado el coche.

Una ruta con todas sus anécdotas pero que valío la pena.










jueves, 12 de enero de 2017

El ser humano tiene la tendencia a sabotear su propia felicidad.






Cuentan que… Un día, a comienzos del invierno, llega al correo una carta muy especial dirigida a Dios. El empleado que clasifica la correspondencia se sorprende y busca el remitente:

“Pucho, casilla verde, calle sin nombre, Villa de Emergencia Sur, sin número.”

Intrigado, abre la carta y lee:

Querido Dios:

Nunca supe si era cierto que existías o no, pero si existes, esta carta va a llegar a ti de alguna manera. Te escribo porque tengo problemas. Estoy sin trabajo, me van a echar de la casucha donde vivo porque hace dos meses que no pago y hace mucho que mis cuatro hijos no comen un plato de comida caliente. Pero lo peor de todo es que mi hijo menor está con fiebre y debe tomar un antibiótico con urgencia. Me da vergüenza pedirte esto pero quiero rogarte que me mandes 100 pesos. Estoy tratando de conseguir un trabajo que me prometieron, pero no llega. Y como estoy desesperado y no sé qué hacer, te estoy mandando esta carta. Si me haces llegar el dinero, ten la seguridad de que nunca me voy a olvidar de ti y que les voy a enseñar a mis hijos que sigan tu camino.

Pucho

El empleado del correo termina de leer esto y siente una congoja tremenda, una ternura infinita, un dolor incomparable… Mete la mano en el bolsillo y ve que tiene 5 pesos. Es fin de mes. Calcula que necesita 80 centavos para volver a la casa. ..Y piensa: 4.20… ¡No sabe qué hacer!

Entonces empieza a recorrer toda la oficina con la carta en la mano, pidiéndole a cada uno lo que quiera dar. Cada empleado, conmovido, pone todo lo que puede, que no es mucho porque estamos a fin de mes. Un peso, cincuenta centavos, tres pesos… Hasta que, al final del día, el empleado cuenta el dinero reunido: ¡75 pesos!

El hombre piensa:”¿Qué hacer? ¿Espero a la semana que viene hasta conseguir los otros 25 pesos? ¿Le mando esto? No… el niño está mal… le mando lo que tengo, será mejor…”. Mete los 75 pesos en un sobre, anota el domicilio y se lo da al cartero, que también está al tanto de la situación. Dos días más tarde, llega al correo una nueva carta dirigida a Dios.

Querido Dios:

Sabía que no podías fallarme. Yo no sé cómo te llegó mi carta, pero quiero que sepas que apenas recibí el dinero compré los antibióticos y Cachito está fuera de peligro. Les di una buena comida caliente a mis hijos, pagué parte de la deuda de la casucha, y el trabajo que me iba a salir ya me lo confirmaron, la semana que viene empiezo a trabajar. Te agradezco mucho lo que hiciste por nosotros, nunca me olvidaré de ti y creo que si me acompañas mandándome trabajo no necesitaré volver a pedirte dinero jamás. Posdata: Aprovecho para decirte algo. Yo no soy quién para darle consejos a Dios, pero si vas a mandar dinero a alguien más: no lo mandes por carta porque los del correo se quedaron con 25 pesos.

Pucho.

Via: El camino de la Felicidad, de Jorge Bucay

sábado, 21 de mayo de 2016

Cuando me siento sola...





Cuando me siento sola,
cuando me siento sola busco tu sonrisa en algún rincón de mi retina,
esa sonrisa tuya, cuando yaces cansado, pleno y lleno de mi.

Cuando me siento sola,
pienso en las pocas cosas por las que vale la pena seguir viva,
quizá ese beso tuyo, o tu mirada tierna, o tu alegria conmigo.

Cuando me siento sola
tengo que hacer memoria para sentirme viva y solo en ti pervivo.

Y lo peor de todo…
...es que ya es casi siempre cuando me siento sola
y solo no estoy sola, cuando vuelvo a tu lado.