Yo tenía veinte años y él me doblaba la edad. En mis sienes había noche y en las suyas "madrugá". Antes que yo lo pensara mi gusto estaba cumplido; "na" me faltaba con él.
Me quería con locura, con "tos" sus cinco sentídos, yo me dejaba querer. Amor me pedía como un pordiosero, y yo le clavaba, sin ver que sufría, cuchillos de acero.
¡No me quieras tanto ni llores por mí! No vale la pena que por mi cariño te pongas así. Yo no sé quererte lo mismo que tú, ni pasar la vida pendiente y esclava de esa esclavitud. ¡No te pongas triste, sécate ese llanto! Hay que estar alegre, mírame y aprende: ¡No me quieras tanto!
Con los años y la vida ha cambiado mi querer, y ahora busco de sus labios lo que entonces desprecié. Cegadita de cariño yo le ruego que me ampare, que me tenga caridad.
Se lo pido de rodillas por la gloria de su madre y no me sirve de "na". Como una mendiga estoy a su puerta, y con mis palabras mi pena castiga dejándome muerta.
¡No me quieras tanto ni llores por mí! No vale la pena que por mi cariño te pongas así. Yo no sé quererte lo mismo que tú, ni pasar la vida pendiente y esclava de esa esclavitud. ¡No te pongas triste, sécate ese llanto! Hay que estar alegre, mírame y aprende: ¡No me quieras tanto!
De "to" lo del mundo sería capaz, con tal que el cariño que tú me tuviste volviera a empezar. Por lo que más quieras, ¡sécame este llanto! maldigo la hora en que yo te dije: ¡No me quieras tanto!