viernes, 30 de enero de 2026

Yo soy una acuarela.

Ella está toda ahí.

Fue fundida cuidadosamente para ti
y moldeada desde tu infancia,
moldeada a partir de tu centenar de estudiantes favoritas.

Ella siempre ha estado ahí, cariño.
Ella, realmente, es exquisita. 
Fuegos artificiales en el aburrimiento de febrero
y tan real como una olla de hierro.

Seamos sinceros, yo he sido pasajera. 
Un lujo. Un velero rojo brillante en el puerto.
Mi pelo agitándose como humo por la ventanilla del auto.
Una joven almeja fuera de estación.

Ella es más que eso. Es lo que tienes que tener,
ha elevado tu práctico crecimiento tropical.
Ella no es un experimento. Ella es toda armonía.
Ella cuida de que la barca tenga remos y toletes,

ha puesto flores silvestres en la ventana 
para el desayuno,
sentada junto al torno de ceramista al mediodía,
ha dado a luz tres hijos bajo la luna,
tres querubines dibujados por Miguel Ángel,

y lo hizo con sus piernas abiertas
en los meses terribles en la capilla.
Si miras hacia arriba, los niños están allí
como delicados globos pegados al techo.

Ella ha llevado a cada uno a lo largo del corredor
después de la cena, sus cabezas discretamente inclinadas,
dos piernas protestando, uno frente al otro, 
su cara encendida con una canción y un pequeño sueño.

Te devuelvo tu corazón.
Te doy permiso

para la descarga en ella, latiendo
iracundo en la suciedad, 
para la puta que hay en ella
y la sepultura de su herida
para enterrar su pequeña roja herida viva−

para la pálida bengala titubeante bajo sus costillas,
para el marinero ebrio que espera en su pulso izquierdo,
para su rodilla de madre, para las medias, 
para las ligas, para la llamada.

La curiosa llamada
cuando te cobijes entre sus brazos y pechos
y tires de la cinta naranja en su pelo
y contestes a la llamada, la rara llamada.

Ella es tan desnuda y singular.
Ella es la suma de ti mismo y de tu sueño. 
Escálala como un monumento, paso a paso.
Ella es sólida. 

En cuanto a mí, yo soy una acuarela. 
Lavable. 

Anne Sexton